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lunes, 30 de mayo de 2016

¿Soy realmente diferente?

¿Habéis contado cuantas manchitas tiene una mariquita? Y, ahora que hablamos de manchas, ¿creéis que hay mariquitas con una sola motita? ¡Pues sí! Ahora lo veréis.
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Había una vez una mariquita con una sola mancha. Las demás mariquitas no hacían más que mirarla por todos los lados para ver si encontraban otras manchas. Algunas mariquitas se reían de ella y le decían:
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- ¡Márchate de aquí! Eres diferente y no te queremos.
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Así pues, la mariquita herida y apesadumbrada, tuvo que emprender el vuelo hacia lo más profundo del bosque. Y allí, entre la hierba, se escondió avergonzada. En aquel lugar se encontraba un gusano que le preguntó:
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- ¿Qué te pasa, mariquita?
- ¡Oh, gusanito!, es que sólo tengo una motita y como soy distinta de las demás mariquitas, me han dicho que me fuera de su lado.
- Vaya, vaya… Pues yo te encuentro muy hermosa.
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Cerca del lugar, una hormiga muy atareada trajinaba con sus huevas y al ver llorar a la mariquita, le preguntó:
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- ¿Qué te pasa?
- ¡Oh, hormiguita, mi querida hormiguita! Es que sólo tengo una sola motita y como soy distinta a las demás mariquitas, me han dicho que me fuera de su lado.
- Vaya, vaya… Pues yo te encuentro muy hermosa.
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Animada por el gusano y la hormiga, la mariquita decidió volver a su casa e ir a visitar a la vieja mariquita, la más sabia de todas, que vivía en lo alto de un rosal, para preguntarle si realmente era distinta a las demás mariquitas. Decidida, trepó por el tallo del rosal mientras que las otras mariquitas la miraban con curiosidad e incluso algunas se burlaban de ella.
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Ya en lo alto, encontró a la vieja mariquita, la más sabia, sentada en el regazo de una rosa.
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- ¡Decidme, vieja mariquita! ¿Es cierto que soy distinta a los demás? ¿Soy realmente diferente?
- ¿Diferente? – respondió la vieja mariquita - ¡Todo el mundo es diferente! Por mucho que compares, no hay en la tierra dos mariquitas que sean iguales. Y, por cierto, tú eres muy bonita y tu única motita te embellece.
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Entonces, con sus patitas, alzó a la pequeña mariquita de una sola motita para que todas las demás mariquitas contemplaran su gran hermosura. Casi todas sus compañeras se acercaron para admirarla y decirle cosas bonitas referentes a su única motita. La otras mariquitas, aquellas que se habían burlado de ella, tuvieron que esconderse, avergonzadas, debajo de las hojas. Y lo cierto es que se sintieron simples y bobaliconas.
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Gracias a la vieja mariquita, las demás supieron que eran diferentes unas de otras. Y empezaron a volar por el bosque y a comparar sus motitas y se dieron cuenta, sorprendidas, de que ninguna de ellas era exactamente igual a otra. De esta manera, las mariquitas comprendieron que todos somos diferentes, especiales y únicos.
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Y tú, ¿eres realmente diferente?

Autora: © Evelien Van Dort.
Ilustraciones: © Gerda Westerink.


Ellos se ríen de mí por ser diferente,
yo me río de todos por ser iguales.

Kurt Cobain, músico (20-2-1.967, 5-4-1.994)

miércoles, 11 de diciembre de 2013

¿Qué haces en mi cesta?

El gatito Pulgoso no tenía dónde dormir aquella fría y oscura noche de invierno. Así que se coló por una puerta y se acurrucó, muy calentito, en la cesta de otro animal. De pronto, en la oscuridad, Pulgoso oyó susurros y silbidos, y unos suaves pasitos por la noche.


Unos brillantes ojos verdes miraban a través de la ventana, y de pronto… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis gatos se colaron por la gatera de la puerta. Dieron volteretas, patinaron, rodaron por el suelo, y allí encontraron a… ¡Pulgoso!

- ¿Qué estás haciendo tú en nuestra cesta? – gritaron los seis gatos furiosos.
- ¿Vuestra cesta? ¡Pero si esta cesta es demasiado pequeña para vosotros! ¡No cabéis todos aquí! – dijo Pulgoso.
- ¿Qué no cabemos? - dijeron los gatos - Espera y verás…

Uno, dos, tres gatos se acurrucaron, con esmero, de la cabeza a los pies…, y después cuatro cinco, seis gatos se colocaron encima.

- ¿Ves? No hay sitio para ti – dijeron – Tú no cabes.
- ¿Qué no quepo? – dijo Pulgoso – Esperad y veréis…

Tambaleándose y bamboleándose, Pulgoso trepó con cuidado hasta arriba.

- Dormiré aquí. – dijo.
- De acuerdo. – dijeron los gatos bostezando – Pero no te muevas ni ronques.

Y se quedaron dormidos.

De repente, se oyó un gruñido fuerte y profundo que decía:

- ¿QUÉ ESTÁIS HACIENDO EN MI CESTA? ¡FUERA DE AQUÍ!

Los gatos se desperdigaron por toda la habitación, pero sólo encontraron lugares duros y fríos para dormir.

Harry, el perro, estaba muy a gustito en su cama, y enseguida se quedó dormido. Pero entonces, el frío viento comenzó a silbar por la gatera de la puerta, y Harry se despertó y se puso a tiritar. Pulgoso susurró:

- Seguidme…

Y pronto los seis gatos le siguieron por el suelo hasta la cómoda cesta.

- Te mantendremos calentito. – dijo Pulgoso.
- No cabéis todos aquí – dijo Harry.
- ¿Qué no cabemos? – dijo Pulgoso – Espera y verás…

Pulgoso y Harry durmieron toda la noche bajo su cálida manta de gatos.


¡Y TODOS CABÍAN PERRRRFECTAMENTE!

Autor: David Badford.
Ilustraciones: Daniel Howarth.
Un cuento para cada noche.
Editorial San Pablo


NO VALE COMPARTIR IDEAS SIN COMPARTIR

MOMENTOS IMPORTANTES DE LA VIDA.

viernes, 11 de octubre de 2013

¿Bailamos?




DEJE CAMINAR A SU HIJO
POR DONDE LA ESTRELLA LO LLAMA.
Miguel de Cervantes Saavedra (29-9-1.547, 22-4-1.616),
novelista, poeta y dramaturgo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Un beso en mi mano.

Chester Mapache se detuvo en las afueras del bosque y lloró. 

- No quiero ir a la escuela -dijo a su madre-. Quiero quedarme en casa contigo. Quiero jugar con mis amigos, jugar con mis juguetes, leer mis libros y columpiarme en mi columpio. Por favor, ¿puedo quedarme en casa contigo?

La señora Mapache tomó a Chester de la mano y frotó su nariz contra la oreja de su hijo.

- A veces, todos tenemos que hacer cosas que no queremos hacer - le dijo con suavidad-. Aunque estas cosas nos parezcan extrañas o nos asusten en un principio. Pero la escuela te encantará una vez que comiences a ir. Harás nuevos amigos y jugarás con nuevos juguetes. Leerás nuevos libros y te columpiarás en nuevos columpios. Además – agregó – conozco un maravilloso secreto que hará que tus noches en la escuela sean tan cálidas y acogedoras como tus días en casa”.

Chester secó sus lágrimas y la miró con interés.

- ¿Un secreto? ¿Qué clase de secreto?

- Un secreto muy antiguo – dijo la señora Mapache -.  Lo aprendí de mi madre y ella lo aprendió de la suya. Se llama “Un Beso en Mi mano”.

- ¿”Un Beso en Mi Mano”? – preguntó Chester -. ¿Qué es eso?

- Te mostraré.

La señora Mapache tomó la mano de Chester y la abrió separando sus pequeños dedos como si fuese un
abanico. Se inclinó hacia adelante y besó a Chester justo en el medio de su palma.

Chester sintió que el beso de su madre se precipitaba de su mano y corría por su brazo hasta llegar a su corazón. Incluso su suave máscara negra se estremeció con esa especial sensación de calidez. La señora Mapache sonrió.

- Ahora, -dijo a Chester- cuando te sientas solo y necesites un poco de cariño como el que recibes en casa, sólo presiona tu mano sobre tu mejilla y piensa “Mami te ama, Mami te ama”. Y ese mismo beso saltará hacia tu cara y te llenará de cálidos y acogedores pensamientos.

Tomó la mano de Chester y con mucho cuidado envolvió el beso con sus deditos.

- Ahora, deberás ser muy cuidadoso para que no se te pierda –bromeó-. Pero no te preocupes. Te prometo que cuando abras tu mano para lavar tus alimentos, el beso permanecerá allí pegado.

Chester amaba el Beso en Su Mano. Ahora sabía que el amor de su madre estaría junto a él dondequiera que él fuese. Incluso en la escuela.

Esa noche, Chester se paró frente a su escuela y se quedó pensativo. De repente, se volvió a su madre y sonrió.

- Dame tu mano – le dijo.

Chester tomó la mano de su madre entre las suyas y separó sus grandes dedos ya conocidos para él como si fuese un abanico. A continuación, se inclinó hacia adelante y besó el centro de su mano.

- Ahora tú también tienes Un Beso en Tu Mano –le dijo-.

Y con un suave “Adiós” y un “Te amo”, Chester dio media vuelta y se fue saltando de alegría.

La señora Mapache vio a Chester corretear por la rama de un árbol y entrar a la escuela. Mientras el búho ululaba indicando el comienzo del nuevo curso escolar, la madre de Chester presionó su mano izquierda contra su mejilla y sonrió. El calor del beso de Chester llenó su corazón con palabras especiales. “Chester te ama”, murmuraba, “Chester te ama”.

Autor: © Audrey Penn
Ilustraciones: © Ruth E. Harper y Nancy M. Leak.

Un pueblo puede tener piedras,
 garrotes, pistolas o cañones;
aun así, si no tiene libros
está completamente desarmado.

martes, 9 de julio de 2013

Flores.

LAS FLORES SON SERES VIVOS,
PERO SI LAS ARRANCAS,
SE MUEREN.

GRACIAS
POR
RESPETARLAS.

© Helena Doreste Febles.



Siempre hay flores para
el que desea verlas.

Henry Matisse (31-12-1.869, 3-11-1.954), pintor. 
 

lunes, 10 de junio de 2013

Donde viven los monstruos.

La noche que Max se puso su traje de lobo y se dedicó a hacer travesuras de una clase y de otra su madre lo llamó <<¡MONSTRUO!>> y Max le contestó    <<¡TE  VOY  A  COMER!>> y lo mandaron a la cama sin cenar.
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Esa misma noche nació un bosque en la habitación de Max y creció y creció hasta que había lianas colgando del techo y las paredes se convirtieron en el mundo entero y apareció un océano con un barco particular para él y Max se marchó navegando a través del día y de la noche entrando y saliendo por las semanas saltándose casi un año hasta llegar a donde viven los monstruos.
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Y cuando llegó al lugar donde viven los monstruos ellos rugieron sus rugidos terribles y crujieron sus dientes terribles y movieron sus ojos terribles y mostraron sus garras terribles hasta que Max dijo <<¡QUIETOS!>> y los amansó con el truco mágico de mirar fijamente a los ojos amarillos de todos ellos sin pestañear una sola vez y se asustaron y dijeron que era el más monstruo de todos y lo hicieron rey de todos los monstruos.
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<<Y ahora>>, dijo Max, <<¡que empiece la fiesta monstruo!>>.
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<<¡Se acabó!>>, dijo  Max, y envió a los monstruos a la cama sin cenar. Y Max el rey de los monstruos se sintió solo y quería estar donde alguien lo quisiera más que a nadie.
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Entonces desde el otro lado del mundo lo envolvió un olor de comida rica y ya no quiso ser el rey del lugar donde viven los monstruos. Pero los monstruos gritaron <<¡Por favor no te vayas – te comeremos – te queremos tanto!>>. Y Max dijo <<¡No!>>.
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Los monstruos rugieron sus rugidos terribles y crujieron sus dientes terribles y movieron sus ojos terribles y mostraron sus garras terribles, pero Max subió a su barco particular y les dijo adiós con la mano y navegó de vuelta saltándose un año entrando y saliendo por las semanas atravesando el día hasta llegar a la noche misma de su propia habitación donde su cena lo estaba esperando y todavía estaba caliente.
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Texto e ilustraciones: © Maurice Sendak

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Hay muy pocos monstruos
que garanticen los
miedos que tenemos.

André Gide (22-11-1.869, 19-2-1.951), escritor.
Premio Nobel de Literatura en 1.947

domingo, 5 de mayo de 2013

Para ti, MAMÁ.

Querida MAMÁ:
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Hoy, y aprovechando que es tu día, quiero escribirte esta carta porque, de verdad, tengo muchas cosas que contarte y agradecerte. Ya ves, son muchos motivos los que me impulsan a coger este bolígrafo, pero el principal es porque TE QUIERO. Te quiero tanto que esta simple carta no puede expresar todo lo que siento en las entrañas de mi corazón, ya que los sentimientos no se pueden revelar en la fragilidad de una simple hoja de papel. Tengo la gran suerte de disfrutar todavía de una madre; otros, desgraciadamente, no. Disponer aún de ti es un privilegio.
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Gracias mamá por darme la vida, pues sin ti no estaría escribiendo estas palabras.
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Gracias mamá por ayudarme a dar mis primeros titubeantes pasos y levantarme cuando me caía.
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Gracias mamá por pasarte noches enteras a mi lado sin dormir, porque me cuidabas cuando estaba enfermo o tenía algún problema.
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Gracias mamá por compartir mis alegrías y arrancarme una sonrisa cuando estaba triste.
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Gracias mamá por poner tu cariñoso hombro para poder llorar en él y compartir mis lágrimas.
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Gracias mamá por estar conmigo cuando te necesitaba y yo no te lo pedía.
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Gracias mamá por enfadarte conmigo cuando hacía algo que estaba mal o llegaba tarde a casa o me rodeaba de malas compañías.
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Gracias mamá por enseñarme a desenvolverme en este difícil camino que es la vida.
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Gracias mamá por compartir mis éxitos y animarme cuando fracasaba.
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Gracias mamá por enseñarme el significado de la palabra amor.
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Mamá... ¡Es tanto lo que quiero decirte! Necesitaría miles de hojas y muchos bolígrafos para escribirlas. Pero sobre todo, mamá, quiero darte las gracias por una cosa: por haber hecho de mí una buena persona.
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.....Gracias por todo, MAMÁ, y muchas felicidades.
.................... Te quiero mucho.
.................... Tu hijo/Tu hija.
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PD: Todavía sigo haciendo a mis hijos/as aquella receta de la tarta que la bisabuela dio a abuela, la abuela te dio a ti y tú me la has dado a mí. ¿Te acuerdas?
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TARTA DE NIÑEZ.
Ingredientes:
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- Litros de espontaneidad y dulzura.
- Muchas ganas de jugar.
- Miles de fantasías que imaginar.
- Sonrisas de ternura: sin medida.
- 12 kg de curiosidad.
- Gotitas de inocencia de vainilla: al gusto.
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Preparación:
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- A los ingredientes anteriores agregar las miradas de dos ojitos rellenos de picardías y alguna lagrimita.
- Dejar reposar la mezcla sobre manitas tibias hasta que sea necesario.
- Decorar con 1 kg de ocurrencias de colores, dulces comentarios y un montón de besos golosos.
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Tiempo de cocción: varía según la maduración.
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Sugerencia: no comerla en seguida, darse tiempo para disfrutarla.

sábado, 13 de abril de 2013

El patito afortunado.

Era una soleada mañana de verano. El patito iba paseando por la pradera cuando se encontró con su amigo, el conejito.
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- Hola, conejito – dijo el patito -. ¿Qué vas a hacer hoy?
- Nada importante – suspiró el conejito -. Por aquí no hay mucho que hacer.
- Tienes razón – añadió la ardilla desde su rama -, necesitamos diversión.
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Justo en ese momento, algo pasó volando junto a la cabeza del patito. Las alas le brillaban con el sol, y su cuerpo desprendía destellos azules y verdes.
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- ¡Oh! – dijo el patito -. ¿Habéis visto eso? ¡Qué bonito! ¿Qué será?
- No lo sé, tal vez vuelva a pasar por aquí – dijo la ardilla.
- Pues yo no pienso esperar aquí sentado – dijo el conejito -. Voy a averiguarlo.
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El conejito se alejó dando brincos por la pradera.
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- Qué suerte tiene el conejito – suspiró con tristeza el patito al ver a su amigo -. Mira qué patas tan fuertes tiene. Yo nunca podré moverme tan deprisa.
- Espera un momento – dijo la ardilla -. Se ha parado. ¿Qué habrá sucedido?
- Tal vez haya descubierto qué era – dijo el patito.
.Así que se pusieron en marcha para alcanzar al conejito.
.- No hay manera – dijo jadeando el conejito -. Está demasiado alto para mí.
- Probaré yo desde este árbol – dijo la ardilla.

.Y subió deprisa por el tronco.

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- Qué suerte tiene la ardilla – suspiró con tristeza el patito al ver a su amiga -. ¿Has visto cómo se ha subido al árbol? Yo no sé trepar.
- Espera un segundo – dijo el conejito -. Está bajando. ¿Por qué será?
- No ha manera – dijo la ardilla -. En cuanto subí al árbol, salió volando otra vez. Parece que no vaya a detenerse nunca.
- Jamás descubriremos qué era – dijo apenado el conejito.
- Pues yo no pienso rendirme – dijo el patito -. ¿Por dónde se fue?
- Hacia el estanque – dijo la ardilla.
- Sigámosle – propuso el patito -. ¿Venís? – Y los demás asintieron.
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Pronto descubrieron a la misteriosa criatura revoloteando con gran rapidez sobre el estanque. De repente, se posó sobre un junco rojo que había en el medio.
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- ¡Ha aterrizado! – gritó el conejito.
- Pero no podemos alcanzarle – se quejó la ardilla.
- Yo sí puedo – dijo contento el patito y, metiéndose en el agua, se fue nadando lentamente.
- Qué suerte tiene el patito – suspiró el conejito.
- ¡Oh! – susurró el patito cuando alcanzó los juncos.
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Posada sobre el junco más alto se encontraba la criatura más hermosa que jamás había contemplado. Las alas le brillaban con el sol y su cuerpo desprendía destellos verdes y azules.
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- Hola – dijo el patito -. Soy un pato. ¿Tú qué eres?
- Soy una libélula – respondió la tímida criatura.
.El conejito y la ardilla observaban tristes desde la orilla.
.- Qué afortunado es el patito – suspiraban.
- ¿Aquellos son tus amigos? – preguntó la libélula.
- Sí – contestó el patito -. Ven a conocerlos. A ellos también les encantaría ser tus amigos.
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El patito regresó nadando a la orilla.
.- Esta es mi nueva amiga – dijo mientras la libélula aterrizaba a su lado.
- ¡Qué afortunado eres! – suspiraron el conejito y la ardilla.
- Soy yo la afortunada – dijo la libélula -, porque el patito dice que vosotros también seréis mis amigos.
- ¡Qué suerte tenemos! – dijeron alegres la ardilla y el conejito.
- Sí – respondió la libélula -. Todos hemos tenido suerte gracias al patito afortunado.
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Texto: © Jillian Harker.
Ilustraciones: © Caroline Pedler.
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La amistad es como la Música:
 dos cuerdas del mismo tono
vibrarán ambas, aunque sólo toquéis una.
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Francis Quarles, poeta (8-5-1.592, 8-9-1.644)

miércoles, 6 de marzo de 2013

Una medicina para no llorar.

Había una vez una niña que se llamaba Mar y que lloraba por cualquier cosa. Si no quería comer, lloraba; si no quería pinturas, lloraba; si no estaba con su madre, lloraba. Pero si quería comer, lloraba para que no pasase la hora de comer; y si tenía pinturas, lloraba porque no le gustaban; y si estaba con su madre, pues también lloraba (y mucho) sin que nadie supiese el porqué.

.Así es que un día sus padres la llevaron al médico. Y Mar, claro, lloró. Como una magdalena.

.- ¿Por qué llora esta señorita? – les dijo el médico intrigado.

.Papá y mamá se encogieron de hombros a la vez porque no lo sabían, y Mar siguió llorando. Estaba hecha un mar de lágrimas.
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El médico le miró la boca, las orejas, la nariz, los ojos y la barriga. La miró de arriba abajo, por delante y por detrás. Pero cuando le tocó los pies, Mar, de repente, dejó de llorar. Y se puso a reír un poco.

.- ¡Mira cómo se ríe la señorita! – exclamó el médico mientras le iba haciendo cosquillas. Y Mar se puso a reír un poco más.

.Entonces el médico se sentó y apuntó en una libreta la receta para curar a la niña: cosquillas en las plantas de los pies cada ocho horas durante una semana. Si no se le pasaba la llorera, cosquillas cada hora. Y también un jarabe con un nombre muy extraño: GRIFORIL.

.- ¿Un jarabe? – preguntó Mar -. ¡AGH!
- Sí, un jarabe muy bueno que sirve para cerrar los grifos.
- ¿Qué grifos? – preguntó Mar de nuevo.
- Unos grifos que tienen los niños y las niñas escondidos detrás de los ojos y que, de vez en cuando, gotean.

.La niña se frotó los ojos y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

.Al cabo de una semana justa, la medicina hizo su efecto. Mar dejó de llorar por cualquier cosa. La verdad es que ya sólo lloraba, ¡de risa!, cuando le hacían cosquillas…, muchas cosquillas. Y por si algún día se le volvían a abrir los grifos, ahora ya sabía que habían inventado una medicina para no llorar.
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Autor: © David Paloma.
Ilustraciones: © Mercé Aránega.
Editorial Edebé.
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Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.
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Federico García Lorca (5-6-1.898, 19-8-1.936), poeta.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Póngamelo usté picaíto que es pa cachimba.

No sé usted, pero yo es que no me aclaro en absoluto... ¿Quizá quiso decir que no es lo mismo la ósmosis de la praxis que la entelequia reciclada del guarismo inapetente? 

Y mientras tanto, la bola de nieve, y no del Canadá precisamente, crece...


Leemos mal el Mundo y decimos
luego que nos engaña.

Rabindranath Tagore (7-5-1.861, 7-8-1.941)
Premio Nobel de Literatura en 1.913

viernes, 15 de febrero de 2013

Un rinconcito de mis recuerdos.

En este día tan especial, quiero recordar a alguien que formó parte de mi vida y que por más que quiera, no consigo quitármelo de la cabeza ni un segundo. Siempre le tengo un rinconcito de mis recuerdos.
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Cariño mío, quiero que sepas que siempre fuiste especial para mí. Eras el príncipe de la casa (entre tantos niños...). Tú eras único, el Rey.
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Y ahora que no te encuentras entre nosotros, quiero agradecerte los grandes momentos que pasamos juntos. Siempre recordaré las tardes interminables en la playa, cuando no salías del agua ni para comer, ¡mi pececito!, o las veces que recorríamos el parque en busca de aventuras y mucha diversión, pero con lo que me quedo es con tu admiración por los carnavales (pirata, pistolero...), ¡qué lindo!, cuando observabas con asombro las galas de las reinas y drags a altas horas de la noche, sin querer dormir para ver al ganador, ¡tan ilusionado!
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Ahora no tengo nada de eso porque me faltas TÚ, y aunque aquí se quedaron los niños, nadie llena ese vacío que me dejaste.
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No te tengo rencor por haberte ido antes que yo. Lo que sí me da rabia es no poder contemplar esa sonrisa eterna en tu cara, aquella que cuando aparecía cerraba hasta tus ojos.
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Sólo deseo, AMOR MÍO, que allá donde estés nunca olvides el cariño que te dimos.
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Por último, quiero decir que sí es verdad que perdí a un sobrino, pero el tiempo me ha demostrado que he ganado un ÁNGEL.
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Cuida de nosotros como lo has hecho hasta ahora y, si le he perdido miedo a la muerte, es porque, tarde o temprano, sé que me voy a encontrar contigo.
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Besos de tu tía.
© Luz María Acosta Reyes

lunes, 11 de febrero de 2013

El osito amable

El osito iba corriendo por el bosque.
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- ¡Arriba todo el mundo! – gritaba mientras pisoteaba un montón de hojas secas -. ¿Quién viene a jugar conmigo?
- ¡Yo voy! – contestó el cervatillo, que salió disparado de detrás de unos arbustos.
- ¡Y yo! – dijo sonriendo la ardilla mientras bajaba correteando por un tronco.
- ¡Y yo también! – añadió el conejito, asomándose por la madriguera.
- Si salís a jugar, no os metáis en el río – dijo mamá coneja.
- Tampoco os ensuciéis – dijo mamá ardilla.
- Y no lleguéis tarde – añadió mamá cierva.
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Mientras, el osito se balanceaba en una rama.
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- ¡Vamos a divertirnos! – gritó a sus amigos -. Escondeos, y yo os buscaré.
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El osito y sus amigos estuvieron jugando al escondite toda la mañana. Se escondían en un montón de sitios:
en los agujeros del suelo, detrás de los árboles y entre las ramas. Cada vez se alejaban más de su casa y comenzaban a sentirse cansados.
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Finalmente, el cervatillo, la ardilla y el conejito cayeron rendidos sobre la hierba, a orillas del río. Pero el osito no estaba cansado.
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- ¡Qué sed tengo! – exclamó el conejito.
- Te traeré algo de beber – se ofreció sonriente el osito.
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Se metió de un brinco en el río y comenzó a salpicar agua con las zarpas. Cuando salió del agua, tenía el pelo empapado.
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- ¡Ahí va! Si no podíamos meternos en el río… - recordó el conejito.
- ¡Qué hambre tengo! – refunfuñó la ardilla cuando el osito volvía del río.
- Te traeré unas nueces – se ofreció sonriente el osito.
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Se subió a un árbol que había cerca y al bajar, llevaba ramitas y hojas pegadas en el pelo mojado.
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- ¡Ahí va! Si no podíamos ensuciarnos… - recordó la ardilla.
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El osito quería seguir jugando, pero el cervatillo estaba preocupado. Estaban muy lejos de casa.
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- Será mejor que volvamos o llegaremos tarde – dijo el cervatillo.
- Yo iré corriendo primero para decirles a todos que estáis de camino – propuso el osito.
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- ¿Y si nos perdemos? – preguntó el cervatillo -. Yo no conozco bien el camino.
- Yo sí lo conozco – dijo el osito -. Dejaré mis huellas en el suelo para que podáis seguirlas.
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El osito regresó corriendo, marcando el camino a su paso.
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- ¡Dios mío! – exclamó al verlo mamá coneja -. Estás empapado. Eso significa que os habéis metido en el río…
- ¡Y qué sucio estás! – dijo mamá ardilla -. ¡Mira cómo te has puesto!
- Además llegas tarde, osito travieso – dijo mamá cierva -. ¿Dónde están los demás?
- ¡Estamos aquí! – gritó el conejito saliendo de entre los árboles - . Tenía sed
y el osito se metió en el río para darme de beber.
- Y yo tenía hambre y el osito se ensució al cogerme unas nueces – añadió la ardilla.
- Y regresó corriendo a casa para que no os preocuparais si llegábamos tarde – dijo el cervatillo.
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Entonces mamá coneja, mamá ardilla y mamá cierva dedicaron al osito una gran sonrisa.
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- Bueno, parece que no eres tan travieso – dijeron -. ¡Has sido un osito muy amable!
Texto:  © Jillian Harker
Ilustración: © Caroline Pedler

Sin amabilidad el ser humano
deambula por la vida torpemente.

Doménico Cieri Estrada, escritor (1.954)

jueves, 24 de enero de 2013

¡Silencio!

Érase una vez una niña que se sentía furiosa. Estaba tan enfadada que no podía hablar con un tono de voz normal. ¡Sólo gritaba!
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- ¡No quiero cenar! – y apartó el plato con la mano.

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- Muy bien, eso significa que no tienes hambre – dijo su madre -. De todos modos, ya casi es la hora del baño.
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- ¡No quiero quitarme la ropa! – gritó la niña mientras pataleaba.
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- Muy bien, ya te la quito yo – repuso la madre -. La bañera casi está.
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- ¡No quiero bañarme! – vociferó la pequeña, que se escondió detrás de la toalla.
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- Muy bien, pues te meteré yo en el agua – dijo su madre - . Ya deberías estar en la cama.
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- ¡No quiero irme a la cama! – chilló la niña, que volvió a sentarse.
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- Muy bien, entonces tendré que llevarte yo como si fueses un bebé. Ya deberías estar dormida.
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- ¡No quiero dormir! – exclamó la niña, con cara de muy pocos amigos.



- ¡Y yo no quiero escuchar ni un grito más! – chilló la madre.
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- Pues estás gritando – se asustó la pequeña.
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- ¡Es verdad! – la madre sonrió -. ¡Lo siento!
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Y la niña, sonriendo, dijo:
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- Yo también lo siento.
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Y se acabaron los gritos. Ya sólo se oía un suave ronquido de la niña, dormida.
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© Nicola Baxter.
© Pauline Siewert (dibujos).

Lo mejor que se le puede dar a los hijos,
además de buenos hábitos,
son buenos recuerdos.

Sydney Harris, periodista (1.917 - 1.986)

lunes, 17 de diciembre de 2012

El sauce que no quería llorar.

El parque era el lugar más triste por la mañana: los columpios vacíos, el tobogán solitarios, el caballito muy quieto... Los niños estaban en el colegio e incluso los árboles se sentían tristes.
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Por la tarde llegaban los niños y, con sus juegos y sus risas, hacían del parque un lugar mucho más feliz.
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En el parque había un sauce al que los niños hacían cosquillas al jugar al escondite entre sus ramas. El sauce siempre tenía la cara triste porque los demás árboles se reían de él y le decían:
.-Sauce llorón, ¡eres un tontorrón!
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A veces, cuando se sentía triste, tenía ganas de llorar pero no lo hacía porque quería demostrar a los demás árboles que él era fuerte y mayor. Cuando cumplió los cinco años decidió no llorar más.
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Una tarde sucedió algo muy especial: Nizar, un niño al que conocía desde pequeño, se escondió entre sus ramas y, apoyado en su tronco, comenzó a llorar. El sauce no sabía qué hacer: siempre había visto reír a los niños y si alguno lloraba era porque se había caído del tobogán y se había hecho daño.
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- ¿Qué te pasa, Nizar? – le preguntó un poco extrañado.
- Mi perra Coliblanca está muy enferma y dicen los mayores que está muy grave y hay que llevarla al veterinario. ¿Y si se muere?
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Nizar casi no podía hablar, el llanto no le dejaba.
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- ¿Qué puedo hacer por ti? – le preguntó el sauce.
- Escóndeme entre tus ramas, me da vergüenza que me vean llorar: ya soy mayor, tengo cinco años.
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El sauce le abrazó con sus ramas escondiéndole de las miradas de los otros niños.
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“¿Así que los niños también lloran?”, pensó. “¿Y por qué yo no puedo llorar? Tengo que preguntar al viejo roble, el árbol más sabio del parque. Él seguro que me ayudará porque ha vivido mucho y tiene respuesta para todo.”
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- Viejo roble, dime, ¿está bien o está mal llorar?
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El viejo roble contestó:
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- Querido sauce, está bien llorar cuando estás triste por algo que te pasa a ti o a las personas que quieres, pero no está bien llorar sin más ni más, por cualquier cosa, para llamar la atención o para conseguir caprichos. Nunca te avergüences de llorar y no creas que solo lloran los niños: las personas mayores también lloran a veces. Cuando veas a un amigo tuyo llorar, procura consolarle y nunca te rías de él.
- Gracias, viejo roble. Ahora ya sé qué hacer cuando los otros árboles se rían de mí: les diré que llorar es normal cuando estás muy triste por algo, como le pasa a mi amigo Nizar.
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Al ver al niño le entró mucha pena y se puso a llorar con él. Y Nizar le dijo:
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- Y tú, ¿por qué lloras?
- Siento tristeza por lo que le pasa a tu perra Coliblanca y estoy triste también porque los otros árboles del parque se ríen de mí. Pero ahora tú eres mi amigo y me siento mejor.
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El sauce dejó de llorar y continuó diciendo:
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- Gracias a ti he aprendido algo importante.
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Nizar le abrazó y le dio las gracias por ser su amigo, por no reírse de él y haberle escondido entre sus ramas. Y a partir de ese día al sauce no le da vergüenza llorar, ni a Niza tampoco... si hay un motivo importante, claro.
.© Begoña Ibarrola
Cuentos para sentir. Educar las emociones. Editorial SM.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Con las palabras expresamos...

Ella es la niña más lista e inteligente que existe. Es la niña de mis ojos, la que me robó el corazón desde el primer día que me miró.
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Desde entonces, no nos hemos separado y para mí significa lo más grande en esta vida.
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Aunque muchas veces no me haga caso y piense que no la quiero, pues me lo dice mucho, sabe que me desvivo por ella y que todos los días me levanto con la idea de que al abrir mis ojos, ella esté ahí con su sonrisa eterna.
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Cariño, lo eres todo para mí.
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Tu madre que te quiere...

¡¡¡MUCHÍSIMO!!!

© Luz María Acosta Reyes